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De sindicatos y proletarios

Hoy se cumplen 5 años desde que nos dejó uno de los hombres que más ha hecho en favor de los suyos, de la clase obrera. Un referente en la lucha de clases y el antifascismo: Marcelino Camacho, miembro fundador del sindicato Comisiones Obreras y su secretario general durante la primera década postfranquista. En su recuerdo, y en reivindicación de su trabajo y del de tantos otros, continúo la serie de artículos sobre cómo hemos avanzado desde la dictadura hasta la situación actual de este país, centrándome hoy en el auge y el declive del sindicalismo, y en su relación con la política y con la clase obrera. Apunto que hablaré de la acción sindical en términos generales, pero sobre todo me referiré a CC.OO., actualmente el sindicato con más afiliados en España, al que conozco mejor por la proximidad ideológica que tengo con su tradición.

 

 

Orígenes del sindicalismo español

 

Aunque la historia del movimiento obrero en España es igualmente importante que su actualidad, no quiero ahondar demasiado en sus orígenes para no alargar la entrada, así que sólo mencionaré algunos temas acerca del sindicalismo antes de la dictadura.

En el Sexenio Democrático de nuestro siglo XIX, durante los años 1868-1874 –en los que se incluye la Revolución Gloriosa y la Primera República–, es cuando puede decirse que nació el movimiento obrero en España, con la fundación de la Federación Regional Española de la Primera Internacional (FRE-AIT) en el Congreso Obrero de Barcelona de 1870 –aunque unas décadas antes ya se habían dado los primeros conflictos y huelgas en Catalunya, único lugar industrializado de España y centrado en el sector textil–. La llegada de la AIT a España supuso por primera vez la expresión de la conciencia de clase en este país, a un nivel en que se ponía en tela de juicio el sistema de relaciones de producción, instituciones y valores. Debemos considerar que en el movimiento obrero en España hubo una preponderancia de los sectores anarquistas sobre los socialistas, a diferencia del resto de Europa, lo cual llevó a que no se organizase ningún partido político desde la Federación. Cuando se disolvió la AIT, por tanto, el movimiento obrero quedó sin ningún tipo de representación política en la primera Restauración Borbónica, salvo apoyos puntuales de republicanos. Para llenar ese vacío, un grupo minoritario de marxistas crearon el Partido Socialista Obrero Español en 1879, y la Unión General de Trabajadores en 1888.

Con la entrada del siglo XX y la industrialización del resto del norte de la península se desarrollaron nuevas tendencias en el movimiento obrero, pero a nivel sindical la que mayor fuerza alcanzó fue el anarcosindicalismo, que fundó la confederación Solidaridad Obrera en Barcelona. La organización participó en episodios importantes de la época como la huelga frente al reclutamiento para Marruecos –que desembocó en la Semana Trágica de Barcelona–. Finalmente, en 1910 se creó la Confederación Nacional del Trabajo, que se convertiría en el principal sindicato de masas hasta la guerra civil. Tanto la CNT como la UGT tuvieron en esos años un carácter casi exclusivamente obrero, al mismo tiempo que se fomentaba la culturización de la clase obrera y la participación desde cada sector territorial, por su carácter federal.

 

Portada del diario publicado por el sindicato Solidaridad Obrera. Barcelona, octubre de 1907

Portada del diario publicado por el sindicato Solidaridad Obrera. Barcelona, octubre de 1907

 

En un ambiente de huelgas industriales y campesinas cada vez mayores se recibió el triunfo de la revolución bolchevique, donde su organización en asambleas obreras (soviets) demostró el éxito de las ideas colectivistas de los sindicatos españoles. Frente a este nuevo ímpetu del movimiento obrero, los patronos se organizaron contra las ideas revolucionarias mediante la policía y el terrorismo blanco –mercenarios y pistoleros contratados por la patronal–. Al final de la década había múltiples actos de lucha social y actos terroristas por toda España, que terminaron con el asesinato del primer ministro Eduardo Dato en 1921.

Durante la dictadura de Primo de Rivera, impuesta a petición de Alfonso XIII para controlar la situación del país, la mayor parte del sindicalismo se prohibió, aunque aprovechando la caída de la CNT algunos sectores de UGT sí que colaboraron con el régimen –representados por líderes como Besteiro o Largo Caballero, en contra de otros como Indalecio Prieto–. Con la llegada de la Segunda República, pese a que las autoridades fueron favorables al movimiento obrero, no lo eran las circunstancias económicas. Por ello, siguieron los desórdenes que acabaron perjudicando a los propios obreros por la salida de los partidos progresistas del gobierno y la represión que siguió por parte de la coalición PRRCEDA –sí, por más que pese a algunos, durante la República también gobernó la derecha–. Todos estos factores y el auge del fascismo impulsaron la organización de la izquierda en el Frente Popular, mediante el cual la izquierda llegó al gobierno y se propició el golpe de Estado contra la República.

 

Obreros en la Revolución de Asturias de 1934. La huelga general revolucionaria contra el gobierno de la CEDA arraigó especialmente en Asturias por la unión entre CNT y UGT. Durante la insurrección se formó la Comuna Asturiana, a la altura de la de París o la de Petrogrado, en la que se instauró un autogobierno socialista en localidades como Mieres (foto dcha.), o comunista-libertario, como en Gijón. La revolución fue duramente reprimida por el gobierno de Lerroux, recurriendo por decisión de Franco a las tropas africanas.

Obreros en la Revolución de Asturias de 1934. La huelga general revolucionaria contra el gobierno del PRR-CEDA arraigó especialmente en Asturias por la unión entre CNT y UGT en la región. Durante la insurrección se formó la Comuna Asturiana, que se situó a la altura de la de París o la de Petrogrado, en la que se instauró un autogobierno socialista en localidades como Mieres (foto dcha.), o comunista-libertario, como en Gijón. La revolución fue duramente reprimida por el gobierno de Lerroux, recurriendo por decisión de Franco a las tropas africanas.

 

 

Los sindicatos franquistas

 

Pese a la resistencia en la guerra civil de los movimientos obreros y políticos de toda la izquierda, la falta de apoyos por parte de las democracias europeas llevó a la victoria del bando sublevado en 1939. Los primeros actos del franquismo consistieron en anular cualquier avance de la República, sobre todo derogar la reforma agraria y restituir la propiedad de los medios de producción.

Durante estos años, el sindicalismo se organizó oficialmente en la Organización Sindical Española, de afiliación obligatoria según la Ley de Bases de la Organización Sindical (1940). Básicamente, la OSE, mejor conocida como Sindicato Vertical, nació por la fusión de organizaciones patronales y sindicatos falangistas, según el ideal de un estado corporativo fascista; en este sindicato la ventaja pertenecía en todo momento a los empresarios, mientras que el Ministerio de Trabajo y sus Magistraturas regulaban las relaciones laborales según el Fuero del Trabajo (1938). Aunque, en teoría, los trabajadores y los patronos estaban en situación similar al estar ambas clases dentro de la OSE, en la práctica la organización se dirigía desde la patronal y los jerarcas del régimen, por lo que las huelgas estaban prohibidas y en muchas ocasiones los conflictos terminaban con despidos masivos, especialmente en los años 40 y 50. En este marco de represión, el movimiento sindical obrero desapareció prácticamente de la escena social española.

 

Placa en Estepona, que señala las viviendas construidas por el Sindicato Vertical en 1964.

Placa en Estepona, idenfiticativa de viviendas construidas por el Sindicato Vertical en 1965.

 

En 1958, tras la aprobación de la Ley de Convenios Colectivos, aumentó el interés de los trabajadores en las elecciones para representantes sindicales, que se unió a una leve apertura del aparato sindical y a un menor obstruccionismo del régimen. Aprovechando la situación, el Partido Comunista de España inició una política de infiltración en los sindicatos franquistas desde la clandestinidad –con la oposición de los líderes exiliados de UGT o CNT–, para alcanzar mejoras en las condiciones y salarios de los trabajadores mientras aprovechaban las estructuras del régimen para propiciar su caída. Aquí surgieron las primeras comisiones obreras.

Estas comisiones siguieron la estela de las que se formaban espontáneamente durante huelgas y conflictos laborales de los años 50, donde los trabajadores nombraban a los miembros más combativos para que asumieran la representación y tratasen de negociar mejoras con la patronal. Con el tiempo, en muchas de ellas participaron activistas vinculados al PCE y a algunos movimientos obreros cristianos, y con las reformas de los años 60 pudieron mantenerse como un movimiento estable y organizado en lugar de funcionar como comisiones momentáneas. Desde entonces, la estrategia de infiltración y la actitud de las CC.OO., de oposición al régimen desde el interior del estado, les proporcionó importantes apoyos y delegados en las grandes fábricas y minas.

En 1966 el gran triunfo en las elecciones sindicales permitió la consolidación de Comisiones Obreras. Sin embargo, las medidas aperturistas del régimen no lograron que la Organización Internacional del Trabajo diera su visto bueno a la dictadura. Encontrándose con la oposición frontal de la tecnocracia franquista, el experimento de apertura se dio por terminado en 1968, cuando el Secretario General del Movimiento, José Solís, dio carta blanca para la represión de CC.OO. bajo sucesivos estados de excepción. La persecución sistemática dejó hasta 9000 condenados por el Tribunal de Orden Público, y en especial destacaría el Proceso 1001, en que se detiene y condena a toda la Coordinadora Nacional de CC.OO. A pesar de ello, los conflictos colectivos, paros y huelgas seguían sucediéndose en numerosas empresas y sectores, y CC.OO. se fortaleció como organización.

El auge de CC.OO. culminaría con las elecciones sindicales de 1975 que les llevan a arrancar con fuerza tras la caída del régimen, estando a la cabeza de las numerosas huelgas y movilizaciones obreras que conquistaron los derechos sociales, políticos y laborales para la clase trabajadora. En aquel tiempo el modelo organizativo de CC.OO. era completamente original, basado en experiencias históricas como los consejos obreros de los países del Este y las experiencias del sindicalismo revolucionario.

 

Miembros de la dirección de CC.OO., conocidos como ‘Los diez de Carabanchel’ por la prisión en que se les encarceló antes y después del Proceso 1001. Entre todas sus condenas sumaban 162 años de reclusión.

Miembros de la dirección de CC.OO., conocidos como ‘Los diez de Carabanchel’ por la prisión en que se les encarceló antes y después del Proceso 1001. Entre todas sus condenas sumaban 162 años de reclusión.

 

 

Víctimas de la lucha: de Marcelino Camacho a Pedro Patiño

 

Seguramente, uno de los miembros de la izquierda que más ha luchado por los suyos, que constituye uno de los mejores ejemplos del compromiso con la libertad y el socialismo y un referente ético y moral para la emancipación de la clase obrera de nuestro país es Marcelino Camacho. Después de combatir en la guerra civil, Marcelino fue encarcelado y condenado a trabajos forzados en varias ocasiones hasta que terminó en Tánger, de donde escapó para establecerse en el exilio en Orán (Argelia). Allí conoció a su compañera, Josefina Samper, con la que tuvo dos hijos, y se formó profesionalmente, pero su trabajo de propaganda y su actividad sindical en organizaciones francesas provocaron su expulsión de Argelia y de Francia. En 1957 fue indultado y regresó a España para continuar en su oficio de la metalurgia; desde ahí fue uno de los principales impulsores de CC.OO., pero en 1967 volvió a ser encarcelado y condenado a 20 años en el Proceso 1001. El día del juicio de este proceso coincidió con el atentado de ETA contra Carrero Blanco, por lo que los dirigentes de CC.OO. vieron aumentada su condena en represión. Posteriormente, el Tribunal Supremo revisó y rebajó las penas, y por ello, ante el temor del régimen de aparentar debilidad, se alentaron sus últimas ejecuciones en septiembre de 1975.

A principios de los 70, pese a estar encarcelados todos sus dirigentes, la acción sindical continuó su crecimiento, y el régimen insistió en su represión. Prueba de ello fue el asesinato a manos de la Guardia Civil del albañil y militante de CC.OO. y el PCE, Pedro Patiño, en septiembre de 1971. En aquellos días, en los barrios obreros situados en las fronteras de polígonos industriales, la tensión se podía cortar entre los trabajadores y la policía gris que patrullaba fantasmagóricamente. El 13 de septiembre de 1971, entre Leganés y Getafe, un piquete animaba a la huelga en la construcción para reivindicar los derechos de los trabajadores y la salida de la cárcel del cura Francisco García Salve. Frente al piquete se situó de repente una furgoneta de la Guardia Civil, desde la que dispararon y acabaron con la vida del albañil Pedro Patiño. Su muerte no fue en vano, pues la solidaridad se extendió por toda España, hasta que una comisión de obreros abordó al ministro de Trabajo exigiendo la negociación de las reivindicaciones y la investigación del asesinato. Por supuesto, la familia de Patiño tuvo que esperar hasta 2009 para que el Gobierno expidiera un reconocimiento, sólo personal, de que Pedro Patiño fue perseguido injustamente y que murió en defensa de su actividad política. Esta es otra de las injusticias más graves contra la memoria de las víctimas: que sea escrita por otros, cuando no silenciada, y que por tanto sea olvidada y se diluya el valor del trabajo humano, la solidaridad y el apoyo mutuo. Toda la obra de Patiño, que durante años participó en la lucha obrera, así como el relato de la injusticia contra su muerte y el simulacro de investigación que se realizó sobre ella, la relata detalladamente Ramón Sáez en la revista Jueces para la democracia.

 

Pedro Patiño

Pedro Patiño

 

 

Ascenso y caída de los sindicatos

 

Tras la muerte de Franco, durante los primeros meses de 1976, las fuerzas sindicales emprendieron importantes movilizaciones y huelgas, en las que se sumaban los efectos de la crisis del petróleo de 1973 y las demandas de una representación sindical libre y democrática. Paralelamente, muchos de los antiguos patronos que antes formaban parte del Sindicato Vertical pasaron a constituir la Confederación Española de Organizaciones Empresariales.

Mientras, terminando el 1975, Marcelino Camacho salió de la cárcel por el indulto de Juan Carlos de Borbón, aunque en 1976 se le volvió a detener por seguir perteneciendo a CC.OO. y al PCE. Como vamos a ver, los artífices de la Transición se caracterizaron por introducir todo tipo de trabas a la consolidación de CC.OO., para así favorecer la dispersión sindical y evitar una unidad fuerte. Por un lado se perseguía a CC.OO., se prohibían sus asambleas y parte de sus dirigentes continuaban en prisión; por otro, Felipe González y Nicolás Redondo se entrevistaban con Manuel Fraga para consolidar al sector PSOE-UGT como el principal sector progresista.

En 1976, constatada la imposibilidad de crear una gran central sindical unitaria –idea rechazada por UGT por miedo a que CC.OO. acabase monopolizando el movimiento obrero–, en CC.OO. se sentaron las bases para su transformación desde un movimiento sociopolítico de base a una confederación sindical de clase, al mismo tiempo que se organizaba sectorial y territorialmente desde procesos asamblearios. Su etiqueta de comunista impedía su legalización, hasta que la matanza de Atocha y las protestas que la sucedieron sirvieron como detonante. En estos años, bajo la dirección de Camacho al ser elegido Secretario General de CC.OO., la organización creció vertiginosamente en afiliación, al igual que otras centrales sindicales y partidos de izquierda, pero tras la firma de los Pactos de la Moncloa esta cifra descenderá progresivamente.

 

Asamblea de 1976, celebrada clandestinamente en Barcelona, en la que CC.OO. se constituyó como central sindical.

Asamblea general de CC.OO. en 1976, celebrada clandestinamente en Barcelona, en la que la organización se constituyó como central sindical.

 

En 1977, Marcelino fue elegido diputado por Madrid en el PCE, y reelegido en 1979. Los años siguientes acogieron un periodo de confrontación en cuanto a los modelos sindicales, según los intereses y las demandas de cada grupo. Mientras unas corrientes apostaban por seguir el modelo sindical impuesto desde el Estado, participando en las elecciones sindicales y los comités de empresa, otras pretendieron continuar con una lógica movimentista, con un sindicalismo de presión-negociación, para no desechar los logros de la etapa clandestina. En el conflicto, Marcelino era consciente del enfrentamiento entre su carácter antifascista y obrero, concienciado de la necesidad del socialismo, y el drama de una transición pactada y amnésica, donde los pactos exigían desactivar lo más explosivo de las luchas de los trabajadores a cambio de un plato de lentejas para el PCE. Poco después, a causa de su desacuerdo con la postura del PCE respecto al Estatuto de los Trabajadores impuesto desde el gobierno, Camacho devolvió su acta de diputado, comprendiendo que los sacrificios exigidos a los trabajadores ya no eran asumibles.

La victoria de UCD en 1979 abrió paso a una nueva ofensiva contra los sindicatos, pues aparte del Estatuto de los Trabajadores, desde el gobierno se estaban imponiendo por decreto las revisiones salariales o la regulación del derecho a huelga. CC.OO convocó una amplia movilización contra dichas medidas mientras UGT y CEOE alcanzaban Acuerdos Interconfederales cada año. Aunque en 1981 se consiguió un Acuerdo Nacional sobre Empleo –en parte forzado por al miedo que se recordó en el 23-F–, tras la llegada del PSOE al gobierno y la entrada definitiva de España en el bloque occidental se empezaron a aplicar políticas de precarización del empleo y de las pensiones, que llevaron a la interrupción de los acuerdos centrales y al surgimiento de grandes conflictos.

Durante los años 80, CC.OO. convocó huelgas generales contra la política económica y laboral del gobierno de Felipe González, cada vez más escorada hacia el social-liberalismo. A fin de cuentas, desde la entrada en la OTAN, el gobierno de España estaba aprendiendo de la gestión neoliberal de Reagan y Thatcher, desde su política económica –desmantelando y privatizando el patrimonio estatal– hasta acciones incluso más deplorables como el terrorismo de estado –igual que con los GAL, en Reino Unido se torturaba sistemática e impunemente a prisioneros del IRA desde años atrás–. En esta coyuntura no convenía que un viejo león comunista siguiese dirigiendo el principal sindicato del país. En 1987, los del aparato consiguieron deshacerse de él, pero no mandándole a casa con una palmadita en la espalda, sino con unas cuantas puñaladas con las que aquellos afines al sistema pudieron asumir el poder en CC.OO., que todavía mantienen.

 

Felipe González con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, cediendo España a los intereses imperialistas a los que todavía obedece.

Felipe González con Margaret Thatcher y Ronald Reagan, cediendo España a los intereses imperialistas del bloque occidental y EEUU, a los que todavía obedece.

 

Entre las acciones sindicales fue especialmente notable la huelga convocada el 14 de diciembre de 1988 contra la política económica del gobierno. Hoy en día, fijando nuestra referencia en aquel 14-D, se puede ver muy fácilmente cómo han cambiado los sindicatos hasta convertirse en lo que son ahora. La huelga general del 1988 fue la mayor movilización sindical de la historia de España, con 8 millones de trabajadores, 3 de estudiantes y varios más de agricultores, autónomos, comerciantes, etc. España se paralizó pacíficamente, en una acción cívica y de reafirmación democrática para pedir la retirada del Plan de Empleo Juvenil, la creación de más y mejor empleo, la mejora de las pensiones y las coberturas a parados, derechos sindicales para los empleados públicos y revisiones salariales. Con este acto se mostraba la decepción de la ciudadanía con el gobierno del PSOE, que había estado incumpliendo su programa desde 1982 y desarmando ideológicamente a la izquierda.

Posteriormente, la huelga facilitó la dinámica de unidad de acción entre CC.OO. y UGT, que consiguieron elaborar propuestas sindicales conjuntas, y facilitó el ingreso de CC.OO. en la Confederación Europea de Sindicatos. Además, se retiró el Plan de Empleo Juvenil y se alcanzaron bastantes acuerdos en relación al giro social demandado. Los ecos del 14-D duraron 5 años más, pero en 1994 hubo un sector de CC.OO. que impidió su continuidad, al dejarlo todo a la negociación de convenios. Aunque la estrategia fracasó se inauguró una política de vecindad con los peores gobiernos de González. Finalmente, en 1996, Marcelino Camacho dimitió de la presidencia del sindicato, y el gobierno dejó caer la cooperativa de viviendas PSV para deshacerse de la dirección más competente que había tenido UGT hasta la fecha. Desaparecía así gran parte de la fuerza sindical que se unió en 1988, y se iniciaba el desmontaje de su poder para facilitar el control de Aznar, que continuó aplicando los ajustes pautados por los acuerdos de Maastricht.

 

Imagen de la huelga del 14-D, con Marcelino Camacho y Nicolás Redondo representando al sindicalismo español.

Huelga del 14-D, con Marcelino Camacho y Nicolás Redondo representando al sindicalismo español.

 

 

Conclusiones: el sindicalismo hoy

 

Después de toda esta información, estoy seguro de que habrá quien piense: ¿qué ha pasado? Pese a la pérdida de fuerza desde el 14-D, ¿qué ha pasado en estos 27 años para que los sindicatos se hayan convertido en poco más que intermediarios entre patronal-gobierno y trabajadores? Desde principios de los años 90 se han investigado las posibles causas de esta debacle –cambio en el modelo productivo, descentralización, innovación tecnológica, etc.–, que en ningún momento son sencillas de explicar. Sin embargo, la Transición ha hecho que en España haya un elemento adicional para explicar esta crisis a nivel nacional. Voy a tratar de resumir el fenómeno basándome en los estudios más importantes.

A nivel global, hasta los años 70, el soporte de los sindicatos en el bloque capitalista eran los trabajadores de grandes concentraciones industriales, representados típicamente en la industria del automóvil. Sin embargo, el nuevo ciclo del capitalismo que empezó tras la crisis de 1973 trajo dos cambios principales: primero, el crecimiento del sector servicios, en el que la incorporación de la informática ha causado una proletarización de técnicos y profesionales. Con este aumento de asalariados y la diversidad cada vez mayor de las actividades profesionales los sindicatos tenían cada vez más dificultades en representar a los obreros como una unidad, lo cual sí conseguían en sectores industriales y de construcción. En segundo lugar, desde los años 80 y especialmente los 90 ha ido aumentando constantemente la temporalidad del empleo, de modo que el puesto de trabajo es un bien cada vez más escaso que se debe repartir. En este nuevo contexto los sindicatos también han perdido poder por la dinámica cada vez más rápida de entrada y salida de trabajadores en el mercado laboral.

 

Centrándonos en España, como hemos visto, los sindicatos han representado un factor de desorden social para la tecnocracia de la dictadura, y de obstaculización para el gobierno de la Transición. Previendo esto y calculando la fuerza creciente de la clase obrera, la Transición se estructuró sobre una serie de supuestos que, encerrados bajo el consenso, no se discutieron. Hablaré de esto mucho más en detalle en otros artículos, pero términos generales, lo que se procuró es que la burguesía quedara excluida de su relación con el franquismo, para así dejar a la dictadura fuera de la lucha de clases y sembrar la idea de que tanto la clase capitalista como la clase obrera fueron, por igual, víctimas del franquismo. Esto permitió que los sectores que antes habían apoyado a la dictadura se transformasen en aperturistas y demócratas, y que la burguesía se constituyera como fuerza democrática. La estrategia tuvo otra consecuencia, además de olvidar el colaboracionismo: que la izquierda más combativa abriera un proceso de autocrítica, y que paralizasen las movilizaciones como requisito para comprar la estabilidad social que vendía la Transición. Aquí, por tanto, ganó una nueva clase política, joven y confiada en las urnas para acceder al poder político antes cerrado, y perdieron tanto el búnker franquista, apartado definitivamente, como la clase obrera, que a cambio de la democracia se vio obligada a aceptar las reglas del mercado. La estabilidad de la fuerza de trabajo que habían conquistado los sindicatos –y que era compatible con la racionalidad económica y con el antifranquismo– fue considerada por los nuevos políticos de la transición como el origen de la crisis, y siguiendo los dictados de la burguesía, la flexibilidad del empleo (precarización) se plasmó en el Estatuto de los Trabajadores como la solución definitiva, pactada entre gobierno, CEOE y UGT.

Una vez iniciada la Transición, la burguesía consiguió que se aceptase una nueva definición de racionalidad económica. El conflicto evolucionó hasta enfrentar a la “vieja guardia” –PCE y CC.OO., que por viejos se les asoció con la etapa franquista– contra los “nuevos” –PSOE, UGT, UCD…, que transitaron tranquilamente desde el régimen o el exilio y eran mucho más compatibles con la CEOE que los comunistas–. Esto consiguió la paralización de los logros sindicales, que terminaron sometiéndose al consenso, y el discurso de la racionalidad económica emergió, nuevamente, como principio de la política: igual que las medidas económicas se legitimaban antes en la victoria en la guerra civil, en los 80 se legitimaron en el parlamentarismo, e igual que antes se mantuvo la descalificación de los sindicatos al identificarlos como un obstáculo a la modernización y el desarrollo. A esta derrota ideológica hay que añadir muchos otros factores políticos y sociales, como el recurso constante a la autoridad del Parlamento como rechazo a legitimidad de las movilizaciones, o la amenaza constante hacia los comunistas desde el sector militar. Como consecuencia del nuevo modelo, los sindicatos entraron en una dinámica de subordinación política que debilitó su capacidad reivindicativa, aunque permitió su consolidación orgánica y su reconocimiento como interlocutores para negociar con los empresarios y el gobierno.

Desde la perspectiva de los sindicatos, su postura ante los Pactos de la Moncloa debe entenderse en el contexto de la estrecha vinculación de UGT con el PSOE y de CC.OO. con el PCE, y como expresión de la aceptación por parte de los partidos de la necesidad de posponer las demandas sindicales, dando prioridad a la estabilidad política. Entre ambas opciones, la CEOE tenía un interés mayor en entenderse con los socialdemócratas de UGT que con los comunistas, como queda claro en los Acuerdos Interconfederales que firmaron ambas organizaciones; dicha política de consenso también llevó a UGT a superar temporalmente a CC.OO., durante los primeros años de gobierno del PSOE. Por suerte, UGT se mantuvo en su postura mientras el gobierno escoraba progresivamente hacia el social-liberalismo, lo cual permitió el entendimiento entre sindicatos para organizar la huelga de 1988.

Más adelante, los sindicatos siguieron debilitándose por la cada vez mayor burocracia sindical, orientada a tareas de gestión en lugar de la defensa de las condiciones de trabajo. Aunque los sindicatos pudieran crecer numéricamente, esto no implica que estén integrando y organizando a la clase obrera, pues el crecimiento en este caso sería casi únicamente de carácter administrativo, para beneficiarse de los servicios que pueda ofrecer el sindicato. Por último, la dificultad cada vez mayor de que la clase obrera percibiera el conflicto y adquiriese conciencia de clase implicaba necesariamente una mayor dificultad para que se acercasen a las centrales sindicales que podrían organizarlas.

 

Le Moulin de l'oubli, Gilbert Garcin (1999)

Le Moulin de l’oubli, Gilbert Garcin (1999)

 

Volviendo a datos históricos, pero sin olvidar todos los factores que he comentado sobre la pérdida de poder sindical –ciclos económicos, crecimiento del sector servicios y aumento de la temporalidad–, podemos observar cómo CC.OO. ha ido alejándose de la idea del socialismo justo e igualitario desde que salió de él Marcelino Camacho, aunque la siga manteniendo en sus estatutos. Esto nos ayudará a entender todo lo que se ha perdido desde entonces, y por tanto a apreciar hasta qué medida ha funcionado la estrategia de la Transición contra los sindicatos. En 1987 Antonio Gutiérrez fue elegido como nuevo Secretario General, y desde su cargo fomentó un alejamiento del PCE. Sus acciones y su actitud fueron duramente criticadas por el ala izquierda del sindicato, apoyada por Camacho y encabezada por Agustín Moreno, que en 1996 se materializaron en el Sector Crítico cuando se destituyó a Camacho de la presidencia –este sector aglutina actualmente a la cuarta parte del sindicato, que defienden la vuelta a los principios de clase con los que nació CC.OO. y la recuperación de los vínculos con el PCE–. Bajo el mando de Gutiérrez se promovieron medidas legislativas desde la negociación con los agentes sociales, entre las que destacó el Pacto de Toledo sobre la reforma de la Seguridad Social. Con la vuelta del PSOE en 2004, a Antonio Gutiérrez le faltó tiempo para situarse como diputado de dicho partido (hasta 2011), al igual que para sentarse como asesor de Caja Madrid.

En el 2000 la secretaría general pasó a manos de José María Fidalgo, un caso si cabe peor. Durante estos años, en los que más duramente se debería haber respondido al gobierno del PP y al capital, la dirección de Fidalgo se dedicaba a apoyar la privatización de empresas públicas de Aznar. Por poner algunos ejemplos de Fidalgo: participaba –y sigue participando– en seminarios de la Fundación FAES (fábrica ideológica del PP), inició EREs en varias federaciones del sindicato, y llevó a la máxima expresión la estrategia de concertación social, desde posiciones de debilidad, persiguiendo posiciones críticas, reduciendo la pluralidad y desperdiciando fuerzas. Esto, junto con la burocratización que he mencionado y la cada vez mayor dependencia de fondos y subvenciones, llevaron a un alejamiento de las bases y a la pérdida constante de afiliados que redujo a CC.OO. a un armazón vacío de la organización que fue en su día. Tras su sustitución por Ignacio Fernández Toxo –que apenas ha supuesto cambio alguno–, Fidalgo estuvo entre los candidatos para representar a UPyD en la Asamblea de Madrid, y para el puesto de ministro de trabajo con Rajoy, con cuyo programa manifestó que tenía coincidencias. En 2013, para poner la guinda, acompañó a Aznar en la presentación de sus memorias, junto a Josep Piqué.

En 2010, tal día como hoy, nos dejó Marcelino a sus 92 años. Al margen de CC.OO., fue de los pocos miembros de la izquierda que supo actuar como dirigente en la misma medida que como militante. Entre sus logros, fue uno de los fundadores de Izquierda Unida en respuesta a la entrada en la OTAN; junto a Anguita, evitó la disolución del PCE tras 1989, y ya con el PP, desde el Sector Crítico, fue uno de los promotores de las protestas multitudinarias contra la guerra de Irak. Hasta su fallecimiento siguió siendo miembro de CC.OO., del PCE (en su Comité Federal) y de IU. Por supuesto, a su velatorio asistieron muchos de quienes le despreciaban no tantos años atrás, desde presidentes hasta la realeza o los sindicalistas traidores a la clase trabajadora que he mencionado, que pretendieron sin éxito limpiar sus miserias en el sudario de Marcelino y ensuciar con su presencia la memoria de este luchador, pretendiendo fagocitar el patrimonio que sólo pertenece a la izquierda combativa.

 

Marcelino Camacho, en la Fiesta del PCE tras su legalización (1977) y en el homenaje que le rindió CC.OO., junto a su mujer Josefina Samper (2008).

Marcelino Camacho, en la Fiesta del PCE tras su legalización (1977) y en el homenaje que le rindió CC.OO., junto a su mujer Josefina Samper (2008).

 

Espero que con este análisis haya quedado un poco más claro que los miembros de la clase trabajadora encargados de defenderla no están en los sindicatos de hoy en día, pancistas, ciudadanistas y desclasados, que actúan como meras comparsas de la clase capitalista. La profundidad de la actual crisis económica, que aún hoy sigue colapsando nuestra capacidad de desarrollo económico y social, ha generado nuevos requerimientos al sindicalismo para hacer frente a los problemas, elaborar alternativas y demostrarnos útiles en la defensa de los derechos e intereses de los trabajadores. Pero los sindicatos de hoy en día no cumplen esas expectativas, y ya hace tiempo que discurren por una vía muerta sin que quieran enterarse. Hace demasiado tiempo que son sólo un reflejo más de la alienación y el conformismo de la sociedad, que se contentan con corregir las reformas liberales en lugar de confrontarlas, para evitar movilizaciones incómodas. El auténtico sindicalismo, el que se necesita, es prácticamente imposible que nazca de esas sedes enmoquetadas y ausentes de cualquier sentimiento de rabia y lucha, porque muy a pesar nuestro, la podredumbre se ha extendido ya más abajo de las cúpulas.

El sindicalismo de concertación que se han empeñado en mantener estas organizaciones ha muerto. Este modelo sólo tenía sentido dentro del estado del bienestar, para regular al capitalismo dentro de una estructura corporativa, donde el pacto se destinaba a arbitrar entre los intereses de trabajadores y empresarios, con el gobierno como moderador. Pero el estado del bienestar también ha muerto definitivamente para dar lugar a un estado mínimo liberal, decimonónico. Cuando ya no hay nada que negociar, ni deseo de hacerlo –dada la correlación de fuerzas absolutamente desventajosa para los trabajadores–, lo que el estado liberal puede ofrecer son pelotas de goma y gases lacrimógenos.

No se trata de mirar con nostalgia un pasado que no volverá, se trata de concienciarnos del poder que podemos llegar a tener los trabajadores, de recordar cómo se lleva a cabo la lucha de clases, de analizar las causas del deterioro para sacar lecciones de futuro, de servirnos del sindicato para lo que debería funcionar, para que los trabajadores se organicen y tomen conciencia. Se trata de no creernos que las reformas liberales sólo tienen una naturaleza técnica y sin ideología, algo que sí se creen los sindicatos y de lo cual se aprovechan los gobiernos durante su ofensiva. Se trata de luchar para conseguir mejores condiciones de trabajo mientras se garantizan las condiciones de vida –fiscalidad, vivienda, salud, educación…–, de disputar la redistribución de la riqueza en un marco de trabajo en que se asocien distintos sectores para dotar de la máxima fuerza a las reivindicaciones. Si se tuviera sólo la fuerza de los sindicatos del 14-D (y ya no digo de finales de los 70), el gobierno de Rajoy no hubiera aprobado la brutal reforma de pensiones, la reforma laboral o muchas de las medidas que ha aprobado desde hace 4 años para reducir los derechos y garantías de trabajadores. O al menos, no lo hubiera hecho sin sangre.

 

En memoria de los obreros que murieron durante la consolidación de su fuerza y en la guerra civil.

En recuerdo del trabajo de muchos desde la clandestinidad, de la organización de trabajadores y proletarios para conquistar y recuperar sus derechos, y de la vida que perdieron muchos.

En reivindicación de las luchas contra una burguesía que se adueñó de los logros de todos ellos.

En su nombre, reafirmo la vigencia de lo que sentenció Marcelino mucho tiempo atrás:

Ni nos domaron, ni nos doblaron, ni nos van a domesticar.

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Fuentes
Movimiento obrero español
CCOO Universitat de ValènciaHistoria de CCOO
Andrés Bilbao (Cuadernos de Relaciones Laborales) – La transición política y los sindicatos
Antonio Herrera González de Molina – Las transformaciones sindicales en la transición
Blog del viejo topoEn recuerdo de Pedro Patiño, albañil, militante de CCOO y del PCE
Asaltar los cielosIn memoriam, Marcelino Camacho
Metiendo bullaMás sobre el sindicalismo en la transición española
Agustín Moreno (cuartopoder.es) – 14D: ¡Qué sindicatos aquéllos!

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Artículos en la serie
27/09/2015 – La última bala de Franco
29/10/2015 – De sindicatos y proletarios

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Categorías:Críticas, Sociedad
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