Inicio > Sociedad > Si el eco de su voz se debilita, pereceremos. En recuerdo de los abogados laboralistas de Atocha

Si el eco de su voz se debilita, pereceremos. En recuerdo de los abogados laboralistas de Atocha

En el prolongado periodo de excepción que representó para los pueblos de España la dictadura franquista, éstos han venido recorriendo una larga marcha, lenta pero infatigable hacia la conquista de sus libertades y la recuperación de sus derechos. Gritando por pan, trabajo y libertad, por la democracia, por la amnistía a los presos políticos. Al principio, un puñado de justos se puso en movimiento entre ruinas y montículos, cargados de palabras y deseos, para sentar los cimientos de la ciudad de la razón. En condiciones más que difíciles, su mensaje se fue reproduciendo por vía oral, por libros que cruzaban la frontera de noche o por hojas volantes repartidas por quienes exponían su vida al peligro de la cárcel, por difundir unas cuantas palabras razonables.

Poco a poco fue creciendo su número en los trabajos, en las minas, en las oficinas y en las aulas, y recurriendo a todos los métodos se fue cimentando un país nuevo, minando lo viejo y caduco. En los últimos años, las semillas plantadas durante esas largas marchas empezaron a germinar. Proliferaron las marchas, las movilizaciones obreras y populares, las manifestaciones y todas formas de lucha. La clase obrera y las masas populares iniciaban un amplio movimiento encaminado a su liberación. Y en ese movimiento se veían acompañadas por otras fuerzas profesionales e intelectuales, entre las que ocupaban un destacado papel los abogados laboralistas.

Los despachos laboralistas empezaron a funcionar en 1966, impulsados por la ausencia de sindicatos auténticamente obreros durante la dictadura y por el deseo de profesionales de encontrar nuevas alternativas al ejercicio de la abogacía. Sus ingresos provenían únicamente de los juicios que ganaban para los trabajadores, que repartían por igual entre todos los miembros del despacho. Al compás de las luchas y necesidades del movimiento obrero, se fueron extendiendo por todo el país. Durante los distintos avatares que pasaron los despachos laboralistas, han estado siempre al servicio del movimiento obrero y sus sindicatos democráticos, cumpliendo una función de información, defensa, asesoramiento y coordinación de la clase obrera. En los momentos más difíciles para ésta también desempeñaron el papel de puerta de atraque, siendo prácticamente el único lugar donde se podían reunir y organizar los trabajadores.

Pero quedaban los nostálgicos del franquismo, que durante décadas habían ostentado un poder casi único, y aunque su peso sociológico era casi nulo, contaban con la fuerza que les proporcionaban sus conexiones con las grandes finanzas, los cuerpos represivos y el fascismo internacional, así como la desesperación al ver que estaban a punto de perder sus privilegios. La clase obrera, las masas populares, arrinconaban a ese búnker de los que convirtieron al irracionalismo en su coartada ideológica para medrar, corromper y explotar, invocando a la familia desde los lechos de sus mujeres, al sindicato instrumentalizado para amordazar a la clase obrera, al municipio utilizado para especular con el suelo y acorralar a la ciudadanía. Desde hace años se veía venir ese acorralamiento, esa definitiva hora de la verdad ajena y la mentira propia. Por ello, especialmente desde la muerte del dictador, recurrieron a la vía del caos para la perpetuación de su hegemonía. En un Madrid que se desbordaba reclamando la amnistía total y las libertades al son de los estertores de la dictadura, el búnker fascista se lanzó a una terrible campaña de asesinatos e intimidación.

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El 24 de enero de 1977, apenas se había secado la sangre de Arturo Ruiz asesinado por la Triple A durante una manifestación proamnistía cuando derramaba también la suya Maria Luz Nájera, estudiante de 20 años que fallecía por una fractura de cráneo provocada por los antidisturbios. Esa noche, un comando terrorista de extrema derecha vinculado a Falange y a la operación anticomunista Gladio penetró en el nº55 de la calle Atocha de Madrid, despaho laboralista de CCOO y el PCE. Reunieron a cuantos allí estaban, encañonándolos, y cortando los hilos de teléfono. Preguntaron quién de ellos era Joaquín Navarro, secretario general del sindicato de transportes de CCOO que había sido amenazado de muerte un par de veces por la mafia franquista del transporte. Cuando vieron que no estaba allí comenzaron los disparos.

Esa noche perdieron la vida cuatro abodados laboralistas y un administrativo. Luis Javier Benavides trabajaba en el despacho de Atocha desde 1974, donde empezó a militar en el PCE; miembro de las Comunidades cristianas de base, asesoraba a los trabajadores de la compañía aérea TWA y a varias asociaciones de vecinos de Madrid. Enrique Valdelvira había ingresado recientemente en el PCE, y se había incorporado en el despacho de Atocha como experto en cuestiones urbanísticas. Serafín Holgado, de origen obrero y nacido en Salamanca, sólo llevaba trabajando 5 meses en el despacho, los mismos que en el PCE; en el momento de ser asesinado planeaba abrir un despacho laboralista en su ciudad natal. Francisco Javier Sauquillo llevaba 7 años militando en el PCE y estaba casado con la también abogada Loles González, a la que protegió con su propio cuerpo durante el atentado. Ángel Rodríguez, natural de Casasimarro (Cuenca), hijo de emigrantes y comunista desde 1974, fue despedido de la Telefónica a raíz de una huelga, donde entra en contacto con el despacho de Atocha y colabora en cuestiones administrativas.

Quedaron gravemente heridos Alejandro Ruiz, Luís Ramos, Miguel Sarabia y Loles González, esta última embarazada y mujer de Sauquillo. Cabe destacar que Loles también fue pareja de Enrique Ruano, estudiante de Derecho que fue detenido 8 años atrás por lanzar octavillas por la calle y militar en el Frente Popular de Liberación; fue asesinado tras 3 días de tortura a manos de la Brigada Político Social, aunque medios como ABC o el ministro de Información, Manuel Fraga, distorsionaron los hechos atribuyéndole tendencias suicidas a Ruano. La protesta llevó a imponer el primer estado de excepción a nivel nacional, tal día como hoy, que terminó con cientos de detenciones, torturas, encarcelamientos y deportaciones.

Matanza de Atocha

Víctimas del atentado de Atocha. De izquierda a derecha, Enrique Valdelvira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Luís Ramos, Alejandro Ruiz, Loles González.

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Cinco muertos. Quienes les habían elegido como víctimas sabían que con ello golpeaban los nervios más sensibles de las masas populares, a cuya defensa habían entregado sus vidas en su doble condición de abogados y de comunistas.

Reunidos en asamblea permanente, cientos de abogados tuvieron que librar una dura y feroz batalla para ver reconocido su derecho a reunir un último homenaje a sus compañeros muertos. A pesar de la mezquina resistencia del gobierno de Suárez, siendo todavía ilegal el PCE, la presión de la abogacía en pleno, de la opinión pública y de la prensa, arrancaron el permiso para instalar una capilla ardiente, aunque la amenaza velada del ministro de gobernación Martín Villa, de una tragedia aún mayor que no estaba seguro de poder evitar, no contribuyó a disipar el clima de ansiedad y terror creados.

En un impresionante orden y silencio, miles de personas aguardaron durante varias horas para poder desfilar ante la capilla ardiente y rendir también un emocionado tributo y admiración hacia los fallecidos y lo que representaban. Fueron 300.000 personas las que acudieron a la manifestación de duelo en Madrid; quienes estuvieron presentes no olvidan la intensidad, emoción y fervor que se respiró en la masiva convocatoria que colmó la Plaza de Colón. No hubo gritos, sino un estruendoso silencio, aunque todos los concurrentes podrían haber coreado a una sola voz el verso de Paul Éluard: si el eco de su voz se debilita, pereceremos.

También se calcula que el día del funeral pararon 300.000 trabajadores en Euskadi, 40.000 en Navarra, 200.000 en Catalunya, 50.000 en Asturias, y varias decenas de miles en Galicia, sevilla, Valladolid, Zaragoza, Santander, Murcia, además de los 300.000 de Madrid y su cinturón industrial. Las coronas enviadas por trabajadores de fábricas y oficinas, asociaciones de vecinos, colegios profesionales, partidos políticos y otras entidades y particulares testimoniaban el dolor y la repulsa de prácticamente toda la sociedad española.

funeral

Manifestación en duelo por los abogados asesinados. Madrid, 26 de enero de 1977.

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Aquel fue un crimen franquista, y aunque se condenó a sus perpetradores 3 años después, junto colaboradores del Sindicato Vertical del Transporte y excombatientes de la División Azul, sus inductores máximos, las cabezas pensantes, no llegaron a sentarse nunca en el banquillo por la lamentable instrucción del juez.

Esta fecha quedó marcada en el calendario internacional y pasó a formar parte de la imborrable historia colectiva de la clase trabajadora española. Por ello, año tras año, el PCE, CCOO y la clase obrera recuerdan a los abogados asesinados por el fascismo para preservar no sólo su recuerdo sino también sus luchas, sus principios políticos, sus reivindicaciones de democracia, justicia y libertad.

Nadie muere en sí mismo, nadie puede acordarse de cuando estuvo muerto, de cuando ya no aliente. Nadie sabe su muerte, los demás la contemplan mas a ninguno alcanza a poseer la que es suya. Continúa en nosotros, y en sí mismo no ha muerto aquél a quien reclaman los vivos, porque la muerte es nada si se tiene conciencia de que un pecho plural es el pecho del mundo. Esta también es mi mochila, una mochila cargada de dignidad, una rebosante de transformación social que miles de militantes, sacrificando incluso sus vidas, ayudaron a llenar. Quienes pretendemos retomar la lucha de aquellos históricos camaradas no permitiremos que ningún titiritero nos haga avergonzarnos de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seguiremos siendo, más que le pese a todos aquellos que quieren relegar al Partido Comunista de España al cajón de la historia. Entre todos demos una respuesta a los asesinos, a los de entonces y a los de ahora: con nuestra unidad, con nuestra normalidad, con nuestra repulsa, con nuestra serenidad, con nuestros pasos hacia el socialismo.

Monumento "El abrazo" de Juan Genovés en conmemoración de los abogados laboralistas. Plaza de Antón Martín, Madrid

Monumento “El abrazo” de Juan Genovés en conmemoración de los abogados laboralistas. Plaza de Antón Martín, Madrid

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Fuentes audiovisuales recomendadas
Hasta siempre en la libertad, Colectivo de cine de Madrid (1979)
7 días de enero, Juan Antonio Bardem (1979)

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Categorías:Sociedad
  1. pare
    24 enero, 2016 en 9:50 PM

    muy bueno tu articulo, yo viví aquellos tiempos como estudiante universitario, y te puedo afirmar que a los de izquierdas aquello nos conmovió y cabreo mucho, Hasta pronto, un abrazo.

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