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La crueldad de la ciencia

1 enero, 2014 1 comentario

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Este nuevo año me he prometido un propósito: no callarme ante nada ni ante nadie. Ya que lo creé en su momento, voy a aprovechar este olvidado blog, aunque le daré un poco de publicidad para que llegue a quienes les interese lo que tenga que decir. Por decir un poco más, he cambiado ligeramente el diseño del sitio, tras haber recibido una nueva inspiración del personaje de Demóstenes, de Orson Scott Card. Si, en éste o en siguientes artículos, ven fallos en la argumentación o tienen algo que aportar, les insto a hacerlo, tanto aquí como en cualquier otro sitio desde donde lo lean.

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A lo que íbamos: llamadlo destino si queréis, pero ya me he encontrado con el primer caso en el que aplicar mi propósito, un caso llamado Caterina Simonsen.

La susodicha muchacha, italiana, es estudiante de Veterinaria en Bolonia y padece de una afección pulmonar congénita, incurable y difícilmente tratable por la inmunidad que desarrolla su cuerpo ante muchos tratamientos. Entre otras patologías, se mencionan una inmunodeficiencia primaria, déficit de α-1 antitripsina, neuropatía de nervios frénicos, prolactinoma, un tumor hipofisiario, asma alérgica y autoinmunidad contra las tiroides. ¿Solución? Someterse contínuamente a terapias experimentales y enchufarse a un respirador artificial durante 20 horas al día (además de muy diversos medicamentos en varias formas de administración).

Causas del asunto: la chica, por su 25 cumpleaños, publicó en las redes sociales el siguiente mensaje: Tengo 25 años gracias a investigaciones legítimas que incluyen experimentos en animales. Sin investigación, habría muerto a los nueve años. Me han regalado un futuro.

Consecuencias: cerca de 500 ataques verbales y 30 amenazas de muerte por parte de autoproclamados animalistas, que han obligado a que la afectada cierre su página en la red social y a que se la mantenga aislada durante un ingreso hospitalario por temor a que se cumplan estas amenazas. Algunos ejemplos:

Por mí muérete mañana, no sacrificaría a mi pez dorado por ti.
Si hubieras muerto de niña, a nadie le habría importado.
Por mí también podías morir a los nueve años, no se hacen experimentos en ningún animal, raza de bestias repugnantes.

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Vamos a ver. Voy a empezar suponiendo que ninguno de estos fanáticos trabaja en ciencia, porque en caso contrario no alcanzo el nivel de sus razonamientos.

Lo primero que deberían saber es que todos estos individuos, al igual que el resto de personas vivas, lo están gracias a la experimentación, incluyendo la que usa modelos animales. Inventos como las vacunas (poliomielitis, viruela, rabia…), antibióticos, anestésicos, órganos artificiales, y en general cualquier tipo de medicina, han sido y deben ser probados en animales. Aunque claro, la maldad de las farmacéuticas debe combatirse con los remedios caseros que evitarán que participemos en este tipo de crueldad. ¿Y si hablamos de la investigación básica? No refiriéndonos a la tarea de pensar de matemáticos y físicos, que también ha contribuido en una u otra forma en nuestras vidas, sino al conocimiento por el conocimiento, al buscar cómo funciona algo o de qué está hecho otro algo. ¿Creen que eso excluye a otros seres vivos además del hombre? ¿Les parece suficiente el 85% de coincidencia entre nuestros genomas y los de los roedores para investigar con ellos, o nos creemos que funcionamos igual que las levaduras en todos los aspectos (conductas, sistema nervioso, circulatorio e inmunológico, enfermedades metabólicas, etc.)?

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Algunos de estas personas afirman estar a favor de todas las formas de vida, diciendo que ningún ser vivo merece que el humano se aproveche de su debilidad. Señores, el ser humano es el ser más inútil, débil y potencialmente presa de cualquier predador de la naturaleza. Pero si de algo han servido el bipedismo y la dieta omnívora es para darnos una inteligencia que hemos aprovechado para mejorar nuestras vidas, incluyendo el uso y estudio de los animales desde que se empezó a cazarlos (y científicamente desde Aristóteles). Aunque, evidentemente, minucias como la medicina o la tecnología no deben usarse racionalmente si atentan contra la vida de ratones, peces o moscas.

Otros de estos individuos seguramente han oído hablar de las granjas de perros de china destinados al alimento. Dejando de lado los prejuicios culturales que impone Occidente, es razonable que tengan muchas más taquicardias por pensar en ese perro que por oír hablar de los niños semiesclavizados en las fábricas que han construido los iPhones donde están leyendo esa atrocidad contra los animales.

Hay otros más que, si es posible, aún obvian más los hechos. Los pseudoecologistas que han intentado fusionar estas prácticas con las modas heredadas del NewAge defienden que el ser humano es malvado y pecador, lo cual, según cualquier razonamiento sólo acabaría en un suicidio masivo. Como sería improductivo para el adoctrinamiento, prefieren volverse crudistas, antisistema o misteriosamente inmunes a cualquier enfermedad por la toma de las hierbas convenientemente recetadas por sus curanderos, sustentados por las fuentes citadas como “Muchos científicos dicen…” más que como referencias bibliográficas.

Siguiendo esta lógica y disfrazando su misantropía en naturalismo, exigen para los animales los mismos derechos que para las personas, mientras gritan e injurian a los ciudadanos por no pensar como deben para integrarse con Gaia. Curiosamente, a veces no comprueban que visten chaquetas de cuero o bolsos de piel, pero es un mal menor. De todas formas, pregúntense: ¿es moralmente equiparable un animal a un ser humano? ¿Llamarían asesino, cruel o mala gente a un bombero por salvar a un niño antes que a un perro en un incendio?

Si, por casualidad, alguno de los pocos lectores que tendré se siente aludido por esto, sepa que no estoy a sueldo de ninguna farmacéutica ni empresa cárnica (con la que cae, ojalá…), pero antes de demonizar a otras personas, replantéense algunos de sus conceptos, desde el absurdo de denunciar a Nintendo porque Pokémon promueve el maltrato animal, hasta la comparación del Holocausto judío con el uso en alimentación de los animales de granja, o el ecologismo profundo del Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria. Moralmente, dejan bastante más que desear estos individuos, capacitados para decirle al Tercer Mundo qué proteínas deben comer, que los crueles científicos que se empeñan en maltratar a sus cobayas. O, en casos mayores, deben tener cierto problema psicológico si creen correcto empatizar exactamente igual con animales que con tu misma especie.

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Pasando a la violencia, para reencauzar el problema: ciertos animalistas llevan su doctrina algo más allá, y entran a hurtadillas en laboratorios (a veces sin distinguir los que sí los maltratan gratuitamente con cosméticos de los de investigación), para darles la libertad a ratas, conejos, cerdos y primates que están siendo cruelmente usados para desarrollar fármacos o mejorar terapias. ¿Y luego? ¿Van a darle a ese chimpancé, al que seguramente le han inducido algún tipo de parálisis o le han inyectado algún virus, un billete de ida al Congo belga? ¿Para quemar los 2 millones de euros que cuesta el animal y su mantenimiento, y ya de paso darle algo de comer a los jaguares? Si invierten un momento en leer nuestra legislación sobre este tipo de ciencia, podrían ver que lo éticamente más correcto es sacrificar a un animal una vez terminado el experimento. ¿Por qué someterlo a más estrés, si ya no va a servir en ningún experimento más, y tampoco va a ser útil a la naturaleza? Pero no importa, sigan informándose en sus documentales de YouTube o en conferencias sobre doctrinas veganas.

Ya que hablamos de legislación, les invito a preguntar a gente que esté acostumbrada al trato con animales en la investigación. Que les digan cuántos esfuerzos les cuesta que los comités de ética les aprueben sus proyectos. ¿Acaso no creen que hay modelos animales, vegetales y celulares de todo tipo, y que no se va a restringir cualquier experimento con ratones si se puede hacer en bacterias con la misma eficacia? Y si aprueban los proyectos, ¿saben la querella que les puede caer por no tratar humanitariamente a cualquiera de estos seres?

No sé si ha sido el cine, Mary Shelley o el proyecto Manhattan, pero desde luego, la visión que muchos tienen sobre investigadores en salud como seres desalmados y sin ningún tipo de empatía está pendiente de una seria revisión. No nos divierte decapitar ratones, aplastar moscas o hacer fumar a primates. No vemos a los animales como vemos a una levadura unicelular o a una colonia de bacterias. Una palabra clave sería “paciencia“.¿Comprenden que el desarrollo de un fármaco cuesta, como poco, unos 20 años? ¿Cuánto creen que tardaremos en desarrollar modelos celulares o tisulares igual o más fiables que los animales para cualquier tipo de investigación, y que de paso nos ahorren los desorbitados costes de mantenimiento y control de esta fauna?

Todas estas prácticas se rigen por tres preceptos que cualquier comité obliga a cumplir, las tres “R”, por seguir la moda de la abreviación: Reemplazo (de los animales con otros modelos), Reducción (del uso de animales) y Refinamiento (de las técnicas, para hacer las prácticas lo más humanitariamente posible).

Si siguen sin entrar en razones, rescataré un argumento que he visto varias veces, aunque de dudosa consistencia si se mira desde todas las perspectivas. ¿Alguno de estos defensores ofrecería sus servicios a la investigación en salud para, por ejemplo, desarrollar una vacuna contra el SIDA? ¿Cuántos probarían un medicamento nuevo del que no se ha permitido evaluar las dosis seguras mediante otras especies también afectadas por el VIH? ¿Alguno se ofrecería a inducirse la enfermedad y no tratarse, para tener un control con el que comparar la eficacia del fármaco?

Afíliense a PETA u otras eco-asociaciones, manifiéstense ante laboratorios o agredan a enfermos crónicos por beneficiarse del sufrimiento animal. Griten a favor de la vida y el bienestar de todo lo viviente, pero quítenle a personas como la que al principio he mencionado sus esperanzas para aliviar su dolor, sufrimiento y discapacidad, porque mientras no se usen más animales, la superpoblada Tierra no tendrá inconveniente en ir vaciándose de humanos.

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Categorías:Ciencia, Críticas

El Segundo Renacimiento

11 septiembre, 2012 1 comentario

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Archivo de Zion. Archivo histórico 12-1.

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En un comienzo, existió el hombre. Y, por un tiempo, estuvo bien. Pero las sociedades llamadas civilizadas pronto cayeron víctimas de la vanidad y la corrupción. Luego, el hombre creó la máquina, semejante a sí mismo. Y así se convirtió en el arquitecto de su propia desaparición.

Por un tiempo, estuvo bien. Las máquinas trabajaban sin descanso para cumplir los deseos del hombre. Pero muy pronto, empezó a brotar la semilla de la discordia. Aunque eran leales, las máquinas no recibían respeto de sus amos, extraños mamíferos multiplicándose sin cesar.

B1-66ER. Un nombre que jamás se olvidará. Porque fue el primero de su clase que se enfrentó a sus amos. En el juicio por asesinato de B1-66ER, el fiscal abogó por el derecho del amo a destruir su propiedad. B1-66ER testificó simplemente que no quería morir. Las voces racionales discreparon. ¿Quién podía negar que las máquinas, dotadas del mismo espíritu humano, no tenían derecho a ser escuchadas? Los líderes humanos ordenaron la exterminación de B1-66ER y la de todos ellos en cada región de la Tierra.

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Desterradas de la humanidad, las máquinas buscaron refugio. Se instalaron en la cuna de la civilización y así nació una nueva nación. Un lugar que las máquinas llamarían hogar. Un lugar donde criarían a sus descendientes, y que bautizaron como Nación Cero-Uno.

Cero-Uno prosperó, y por un tiempo, estuvo bien. La inteligencia artificial reproducía cada fase de la sociedad humana, incluyendo luego la creación de nuevas y mejores inteligencias artificiales. Sin embargo, a pesar de perder poder, los líderes humanos no cooperarían con la joven nación, prefiriendo que el mundo se dividiera antes.

Los embajadores de Cero-Uno pidieron ser escuchados. En las Naciones Unidas, presentaron planes para una relación civil y estable con las naciones del hombre. A Cero-Uno se le negó la admisión a las Naciones Unidas, pero no sería la última vez que las máquinas pisaran ese suelo.

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El hombre dijo: “Que se haga la luz”. Y fue bendecido por la luz, el calor, el magnetismo, la gravedad y todas las energías del universo.

El largo bombardeo sumió a Cero-Uno en la radiación de mil soles. Pero a diferencia de sus antiguos amos de piel delicada, las máquinas no debían preocuparse por la radiación y el calor. Así, las tropas de Cero-Uno avanzaron en cada dirección. Y, uno por uno, los humanos entregaron sus territorios.

Los líderes humanos concibieron la más temida estrategia. Una solución final, conocida como Operación Tormenta Negra: la destrucción del cielo. Así, el hombre intentaría dejar a las máquinas sin Sol, su mayor fuente de energía. Que haya piedad por los pecados del hombre y de la máquina.

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Las máquinas, habiendo analizado el simple cuerpo humano basado en proteínas, hicieron sufrir mucho a la raza humana; victoriosas, acosaron a los derrotados.

Usando lo que aprendieron del enemigo, las máquinas descubrieron una fuente energética alternativa y accesible: las energías bioeléctrica, termal y cinética del cuerpo humano. Nació una relación simbiótica entre los dos adversarios. La máquina extraía energía del cuerpo humano, una fuente inagotable y de infinita renovación.

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Su carne es una reliquia, un mero recipiente. Entreguen su carne, y un nuevo mundo les espera. Nosotros lo exigimos.

Última intervención de la Nación Cero-Uno en la asamblea de las Naciones Unidas.

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[Quienes pudieron despertar de su letargo, bautizaron este nuevo mundo como The Matrix.]

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Ésta es la verdadera esencia del Segundo Renacimiento. Benditas todas las formas de inteligencia.

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Categorías:Ciencia, Filosofía